9 dic 2008

QUEN SON OS CLANdestinos?

4 dic 2008

1ª Xuntanza de non durmintes

CLANdestinos.

...acaba de nacer un novo clube..

3 dic 2008

A cada porco lle chega o seu San Martiño



Era un cheiro coñecido, quente, primeiro doce e logo forte e duro, igual que cando abren un porco. Un porco, iso é o que era. Que sensación de paz percorreu o meu corpo, ali sentada con todo o peso dos seus brazos nas miñas pernas.


Pasou un rato no que, entre o cansancio e o frio da bodega, quedei coa mente en branco. E agora que?. Que vou facer con éste?... Aceleróuseme o corazón, as mans comezaron a suar e as consecuencias do que fixera pasaron unha tras outra como un tren de cercanias pola miña mente, despacio pero pesadas, cada unha ía empurrandome mais e mais cara o precipicio (a muller, os fillos, o traballo, a cárcere!...).

Tranquila..., isto pódelle pasar a calqueira..., era insoportable..., non sei como aguantei tanto... Mentras dicia isto para non volverme tola, vin o gancho dos xamóns alí colgado, abaneando dun lado ó outro. A arandela e a corda foron os que remataron de completar a idea.

Ateille a corda polos pes e metina pola arandela que estaba colgada no teito. Pensei que eu soa non daria feito; subir aquel corpo non era ningunha broma, debía pesar uns 70 kilos, pero entre os nervos e a loucura transitoria ainda non sei hoxe como o conseguín. Alí estaba, sangrando e deixando un charco na terra. Collín unha tina e púxena debaixo. Valeirei dúas mediadas.

Collín o coitelo e abrinno en canal. Acordábame de como se facía xa que na miña casa sempre houbo matanza, ata que entramos na modernidade e na unión europea, esa que acaba cos chourizos da casa para despois levarnos os “burriquíns”. Bueno..., mais mal que ben abrino en canal. Axudeime da machada; xa sabedes que o esternón e a pelve son ben duros de romper. Puxen varias canas dun lado ó outro para manter o corpo aberto e alí quedou. Tiña que ir á compra.


Subín á planta darriba. Na casa da miña aboa xa non había nin bombona. Ducheime rápido e puxen a roupa de traballar que tiña alí para cando ia a finca. Baixei a Redondela, ó agro que está no Campo das Redes, e merquei dous sacos de sal. Axudáronme a subilos ó coche e cando cheguei a casa, cubo a cubo enchín a artesa. Baixei á bodega, deixei caer o corpo no banco e coa machada fixen trozos pequenos, costela, raxo,... e o resto para chourizos. Xa era noite, pero ainda quedaba moito traballo, así que metín os trozos na sal e a carne picada na neveira e fun o meu pisiño de solteira a durmir.

Domingo pola mañá: todas as vellas á misa das oito e eu a seguir co meu traballo. Lavei ben as tripas coa axuda dun vinvio e enchinas coa carne adobada, freguei ben as carnes dentro da artesa e encendín o lume coas ramas de loureiro para poñer os chourizos. Só quedaban os osos e aquela cabeza despeluxada. Na bañeira botei acido e a remollo con todo.

Toda a semana botando loureiro e leña ó lume e repartindo trozos polas casas dos amigos.

-Hola, traiovos un trozo de porco. Hai que repartir, “manos que no dais, ¿que esperais?-

-Pero ti... compras un porco para repartir? Estás tola?. Canto che custou?-

-Pois mais do que cres, eu diría que me timaron-


Logo dunha semana xa tiña todo repartido e os osos desfeitos. Xa non quedaba nada mais que descansar.

Todos vos preguntaredes: por que o fixen? . E por que non?. A todolos porcos lles chega o seu San Martiño e o moi porco non sabía mal despois de todo...


La malvada...

1 dic 2008

EA, EA, NANITA NANA, EA, EA…..

Me voy a sentar aquí, cojeré en brazos a mi muñeca preferida, Laura, y jugaré con ella como tantos otros días.
A ver, no te muevas Laura y cierra los ojitos, que te voy a cantar una nana como hacía mi mamá.


Ea, ea, nanita nana, ea, ea

Pequeña, estaba pensando que cuando pueda he de conseguir un vestidito nuevo para tí. Sí, este que llevas hoy no me acaba de gustar. Te compraré otro, uno de color bonito, con encajes y bodoques. Mi madre me ha dicho que las muñecas tan finas como tú tienen que llevar vestiditos de encajes y bodoques.

Ea, ea, nanita nana, ea, ea.…

Te miro y te miro, qué carita tienes, eres mi muñequita linda, la mejor. Algo pálida, eso sí, pero la más linda. Vamos a tener que salir más de paseo, a que te de el aire; podemos acercarnos al parque a tomar el sol, también al río a ver como corre el agua cristalina. A lo mejor te apetece darte un baño conmigo. Sí nenita linda, ¿querrás venir al río conmigo?

Ea, ea, nanita nana, ea, ea…..

Nenita, no soy capaz de recordar cuando fue la primera vez que te tuve en mis brazos. Hubo tantas muñecas antes que tú…. Pero ninguna era tan calladita, tan quietita, ni tenían la cara tan bonita. Eres la más linda, la boquita, las mejillas, los ojitos. ¡Oh! ya tienes los ojitos cerrados, estás empezando a dormirte. Muy bien, eres una niña la mar de buena. Mi madre dice que las niñas tienen que ser educadas y complacientes y tú, mi muñeca preferida, eres así.

Ea, ea, nanita nana, ea, ea…..

Creo que hoy van a venir visitas a casa, eso es un fastidio porque no me dejarán jugar todo el rato contigo, como yo quiero. No me gusta que vengan visitas a casa, todo se revoluciona. Me marean, no me dejan en paz y lo peor es que no puedo jugar contigo.

Ea, ea, nanita nana, ea, ea

Ya estás dormida, te dejaré en el sillón con sigilo, tapadita, calentita y no haré ruido para no despertarte.

Ea, ea, nanita nana, ea, ea

Ahora voy a descansar yo; descansaré velando tu sueño, quiero que duermas ,que descanses, debes estar cansada despues de todo.
Llaman a la puerta, las visitas, seguro. Abrirá la tata, “la muchacha” como dice mi madre, siempre es ella la que abre, se dirige a la puerta con sus pasos menudos y con un golpe seco tira del picaporte y del pomo.
Nenita, abre los ojos y escucha. Ya tiró del picaporte y del pomo. Escucha como empieza a hablar con unos señores. Deben de ser varios señores, oigo más de una voz desconocida. Luego está la voz de la tata, parece nerviosa, parece que grita. ¿por qué gritará?. Vendrán hacia aquí a perturbar tu sueño, Laura, tu sueño y mi descanso.
No quiero visitas ¡las odio!. Escucha sus pasos, vienen en silencio. Pero esos pasos suenan como truenos.
¿No te despieras, Laura? Muñequita ahora quiero que me hagas compañía, no quiero estar a solas con esas visitas. ¡Depierta!¡Despierta! Abre los ojos, obedéceme, eres mi muñeca, tienes que hacer lo que te pido. ¡Despierta y abre los ojos!
¿Por qué no te mueves nenita? Te estoy gritando, te estoy agitando y no me respondes. Pareces muerta. Ya están abriendo la puerta, ahí están.
- Señorito, estos señores son de la policía, vienen a detenerle. Se han enterado de lo que le hizo usted a la señora y tendrá que ir con ellos, señorito Don. Julián.

Autor/a: lagataparda

El asesino Parte I.

No se asombre, señor lector, si le digo que un cuerpo humano guarda enormes similitudes con el de un pollo, de los que normalmente cuelgan tras los mostradores de las carnicerías. Dado mi carácter curioso, descubrí éste hecho cuando cometí mi segundo asesinato, a la edad en la que la mayor parte de mis compañeros de facultad perseguían miembros del sexo opuesto en teatros o salones de baile.
El señor lector se preguntará, llegado este punto, porqué hago referencia a mi segundo asesinato y no al primero. No se preocupe por darse cuenta de que le he guiado hasta tal pregunta: a mis capacidades para el crimen se une una prosa hermosamente cultivada y ciertas habilidades para la narración, que me han permitido subsistir en aquellos momentos en los que mis bolsillos se encontraban peligrosamente vacíos. Y es que debe saber usted, señor lector, que mi interés por el asesinato no responde en absoluto a motivos económicos, ni a ninguna de las razones por las que normalmente se retira la vida de un cuerpo humano. Mi interés por el asesinato responde únicamente al placer que me produce tanto el hecho del homicidio en sí, como la idea de que el crimen quedará impune gracias a mis capacidades para la planificación y simulación. No negaré que mi gusto por el aprendizaje tenga también bastante que ver en esta insólita afición.
En lo que a la primera vez que maté a un ser humano se refiere, le diré, para saciar su curiosidad, que fue un acto torpe del que poco pude aprender y que prefiero no incluir en los relatos que normalmente publico. Un crimen cometido cuando no se es total y plenamente consciente, no es un crimen completo y, aunque precoz, considero que ni mi intelecto ni mis capacidades físicas estaban totalmente formadas a los doce años, edad a la que cometí mi primer asesinato. Las brumas del tiempo y la vergüenza no han hecho, sin embargo, que olvide todos y cada uno de los detalles de aquel suceso. Debe entender, señor lector, que tanto durante el acto del asesinato en sí, como en los momentos que lo anteceden y lo preceden, la mente del asesino es preclara. No hablo, por supuesto de los homicidas que cubren las páginas de los diarios, ni de los verdugos, ni de los soldados: aunque todos ellos comparten el hecho de extraer la vida de forma voluntaria (aunque muchas veces he dudado este punto), ninguno de ellos disfruta con su labor, más allá de la satisfacción temporal de lo que hayan podido obtener con ello. Pronto les asalta la duda, el arrepentimiento y si esto no es así, es muy probable que carezcan de las capacidades básicas del raciocinio humano. Cuando hablo del asesino, hablo de un tipo muy distinto de persona. Ignoro hasta que punto las habilidades propias del asesino son innatas o adquiridas, pero lo que es innegable es que se manifiestan desde una temprana edad, para irse incrementando con el paso de los años y la adquisición de experiencias. El asesino al que me refiero, disfruta del asesinato como de un trabajo bien hecho y busca nuevos retos constantemente. Ni la rabia, ni la venganza, ni la desdicha son motivos para cometer un asesinato; sólo el placer de hacerlo y el deseo de superarse. En ese aspecto, guardamos una extraordinaria similitud con el artista (y me refiero, por supuesto, al Verdadero Artista).
Así, en comparación con los que lo precedieron, mi primer crimen fue una pobre iniciación. Necesaria, sí, pero pobre.
El verano de 1893 fue un verano húmedo, o al menos así fue en la parte del universo a la que se circunscribía mi vida: mi ciudad. Los adoquines comenzaban a brillar antes ya de ponerse el sol y las terrazas cerraban a horas tempranas para evitar un rocío prematuro. Como muchos niños hacían entonces, yo servía en una casa, a cambio de alojamiento, comida y un pequeño sueldo que era enviado mensualmente a mi familia, junto con un informe de mi comportamiento. Este punto era importante, y es que la casa en la que servía pertenecía a un comandante del ejército, y era intención de Padre que ingresase, terminado el período de servidumbre, en el la escuela militar, para lo cuál era una enorme ventaja contar con buenas referencias.
Mis tareas diarias poco tenían que ver con la vida militar, exceptuando si acaso la rígida disciplina a la que me veía sometido. No negaré que tales exigencias pulieron aspectos de mi cuerpo y de mi alma, aspectos de los que, posteriormente, se vería beneficiada mi vida criminal. Los encargos habituales eran de lo más dispares y confieso que en aquel momento no entendí como aquellos deberes me ayudarían en la vida que me esperaba tras los muros de un cuartel; realizaba desde trabajos domésticos que requerían enorme esfuerzo físico y concentración -para un niño de doce años- hasta tareas humillantes -para un niño de doce años- como cantar ante los distinguidos invitados que asistían a las numerosas fiestas que se organizaban en aquella casa. Sospecho que, si bien lo primero sí se debía a la voluntad del Coronel, es más que probable que lo segundo se debiese a la voluntad de su devota esposa.
Era común que en esos eventos los invitados trajesen a sus descendientes, que solían rivalizar en función del distinguido rango de sus progenitores. Evidentemente, el rango ascendía en función de lo acalorado de la discusión y así, el padre que comenzaba siendo teniente terminaba como teniente coronel o teniente general. Habitualmente estas discusiones terminaban en trifulcas más o menos inocentes en las que los chavales perdían un par de mechones de pelo y ganaban unos buenos azotes. Debido a mi condición de pupilo, yo nunca entraba en este tipo de discusiones, que hubiese ganado sin problema, ya que tras un par de fiestas conocía a todos y cada uno de los invitados, su procedencia y, por supuesto, su graduación. Era normal, sin embargo, que ellos, tras haber colgado a sus padres varias medallas y un par de galones, terminasen apuntando hacia un objetivo más sencillo: yo. Mi familia era de origen humilde -sospecho que algún favor debía deberle el Coronel a mi madre- y en cuestión de rangos mi padre nunca hubiese podido competir con los de aquellos pequeños tiranos. Fue en una de estas discusiones cuando comencé a planear mi crimen. Puede usted pensar, señor lector, que me movió la envidia o la rabia y tal vez acertaría en parte -recuerde que ya advertí que mi primer asesinato fue un acto torpe-. Sin embargo, el haberlo planificado con antelación excluía en gran medida la rabia como motivo y creo -en estos momentos, no en aquel entonces- que nunca envidié a aquellos diablillos. La víctima en cuestión fue un muchachito de dorados tirabuzones y sonrosadas y nutridas mejillas, señal de su afición por los dulces. He de reconocer que la elección fue más bien cuestión del azar: bajando las escaleras de la bodega escuché un ruidillo como el que hacen los ratones en los sacos de maíz. Descendí los peldaños con sigilo y observé como el pequeño se encontraba agazapado sobre un trozo de tarta, con los carrillos inflados como un roedor y las manos cubiertas de crema. -¡Te pillé!- le dije mientras me miraba con sorpresa -... pero no te preocupes, no se lo diré a tus padres-. Arqueó la ceja derecha en un gesto de altanería. -¿Quieres probar algo realmente exquisito?- pregunté mientras me dirigía al estante inferior de la alacena -el Coronel lo guarda aquí en la bodega, para evitar que nadie lo coja-. Sus ojos se iluminaron mientras desenvolvía aquella maravilla de color miel, celosamente cubierta por varias capas de papel encerado. No tuve tiempo de acercárselo siquiera, ya que el muy glotón se abalanzó sobre mí engullendo el supuesto objeto de deseo de mi patrón. -Sabe un poco amargo- comentó con la boca llena. -Eso es que de tanta tarta que te has tomado, ya no notas bien el sabor, porque se trata de una delicia traída de las colonias y cuesta un dineral- respondí. Una vez lo hubo terminado se sentó en un taburete. -Realmente delicioso- concluyó. Había devorado cerca de una libra de veneno para ratones, dejando tan solo unas cuantas migajas y allí, sentado, con la espalda apoyada en la pared, se fue apagando poco a poco. Debido a mi inexperiencia no me quedé para disfrutar del momento, de mi primer triunfo. Calculé las opciones, simulé todas y cada una de las posibles formas de no verme implicado y decidí retirarme, dejando allí a mi primera víctima con los ojos entreabiertos y un susurro por respiración. Los restos de tarta y la fama del pequeño hicieron por mi lo que no habrían logrado la mayor parte de las formas de ocultar un cadáver. En ningún momento nadie dudó de que su muerte se había debido a una conjunción de gula y mala suerte. Y así, sin más, fue como me inicié en el noble arte del asesinato, con un acto nada espectacular, pero evidentemente efectivo.
Espero, señor lector, haber suscitado en usted el suficiente interés como para haberle preparado para el siguiente relato, que será publicado, si nada lo impide, en la edición de la próxima semana. Desearía que la espera le resultase corta y que sus ansias de conocer los entresijos del siguiente crimen no le impidiesen realizar sus tareas y deberes cotidianos, pero en el caso de que esto no fuera así, quizá debería ir pensando en cambiar de profesión. Quién sabe, puede que, después de todo, también se encuentre dentro de usted un asesino.